No mira sus cartas ocultas contra el borde de la mesa como todos. Con los brazos extendidos, lleva las cartas a un palmo del centro de la mesa; luego, desplaza la silla hacia atrás y se agacha hasta quedar casi en cuclillas. Lo que busca es colocarse en el mismo plano del horizonte de la mesa y hacer que coincida su ángulo de visión con las cartas de bolsillo, plegadas por uno de los bordes y cubiertas en abanico por sus manos superpuestas.
Habla a los gritos, ríe a carcajadas y cuando muestra sus cartas (cosa que sucede con inusitada frecuencia) se para y con un enérgico movimiento las castiga dando un latigazo al paño.
Participa en muchísimos pases. La mayoría mandando o revirando. Le ha inyectado electricidad a la mesa. El que se atreva a cruzarse con él sabe, de antemano, que sus fichas pueden ser íntegramente llamadas a filas sin aviso previo. Si gana, sus propinas serán las más generosas. Si pierde, lo serán sus improperios.



